JUEVES, 14 de Diciembre de 2017

Travellers

25/03/2013

Una ciudad que te cambia la cara y el corazón

La primera vez que oí hablar de Cúcuta fue en el 2010. La única forma de hacerme una idea de cómo sería mi próximo destino corría por cuenta de los comentarios de mis amigos, quienes siempre me recomendaban sitios para visitar.
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Antes de llegar a Cúcuta, algunos amigos colombianos me dieron referencias de la ciudad: “Cúcuta es un tierrero”, dijo uno; “es como toda frontera, un ciudad de paso que no ofrece nada”, dijo otro. “A ver cómo te va con el hotel porque los que hay son muy regulares; es que en Cúcuta no hay ni centros comerciales”, se atrevió a decir alguien. Y para rematar, “hace un calor hijuemadre”, concluyó uno. 

Confieso que me quedé preocupada. Y empecé a imaginarme esa ciudad llamada Cúcuta, hasta entonces completamente desconocida para mí y a la que me empecé a imaginar, quizás, muy parecida a la única referencia de frontera que tenía en mi imaginario en ese entonces, que era San Marcos, en la frontera entre Guatemala y México. 

Mi preocupación me dio incluso para buscar, entre otros colegas, una referencia a esa frontera caliente que me habían descrito, con la esperanza de que alguien me dijera algo distinto. Lo que encontré no fue mucho más alentador: “No te quejes tanto, ya has visto tantas cosas lindas de Colombia que algo feo te iba a tocar conocer”. 

Pues bien, se llegó el día de mi viaje a Cúcuta y para mi sorpresa, lo que me encontré estaba lejos de esas negativas referencias que me habían dado. Lo primero que me sorprendió fue el verde de la ciudad. En el trayecto del aeropuerto al hotel conocí lo que, hasta hoy, es mi lugar favorito de la ciudad: el puente de Guadua. A medida que avanzaba por calles y avenidas me iba convenciendo más de que Cúcuta, lejos de ser un “tierrero”, era una ciudad bonita, agradable y mucho más desarrollada de lo que yo –gracias a mis amigos colombianos– me había imaginado. 

Aunque en esa ocasión solo estuve un par de días en la ciudad –lo que me impidió conocerla a fondo–, al año siguiente tuve la oportunidad de visitarla una vez al mes durante todo el año por cuestiones laborales. Fue entonces cuando confirmé mis primeras sospechas: me enamoré de Cúcuta, de sus rincones, de su clima, de su verde, pero sobre todo de su gente, que desde siempre me acogió con un cariño que poco se siente en otros lugares.
 
Otro lugar inolvidable para visitar es el templo parroquial San Luis Gonzaga: agujas, rosetones, arcos ojivales, la bóveda de crucería, los pináculos (puyas), y los arbotantes, son el mejor ejemplo de la arquitectura gótica en la ciudad. 

Y un punto que respira verde es la glorieta Despertad de los Sueños, conocida como "la del club de tennis". Su centro posee una escultura elaborada en chatarra y bronce por el artista Gerardo Ramón García-Herreros en homenaje a la vida y obre del sacerdote cucuteño Rafael García-Herreros.

Toca mostrarle al mundo lo que realmente es Cúcuta: una ciudad moderna, atractiva y amable. Una ciudad que te cambia la cara y el corazón. 

Escribe Ingrid LOPEZ MARTINEZ

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